En ese momento, Manson llegó a un punto en el que sentía que, tras cuatro meses de drogas, cansancio, paranoia y depresión, la vida se había desvanecido y había perdido la capacidad de sentir. Tres meses después, "comencé a emerger de ese capullo sintiendo que mi humanidad volvía en una forma diferente. Mis debilidades se convirtieron en mi fortaleza, mi apatía por el mundo se convirtió en el deseo por salvarlo. Ahora más que nunca creía en mí".